INFORMACIÓN

INFORMACIÓN

PUBLICACION REVISTA D

lunes, 16 de febrero de 2015

LA QUEMA DE LIBROS EN HONOR A NIXON



LA INQUISICIÓN CONTRA EL CONOCIMIENTO
Quema de libros para agradar a Nixon en Guatemala

Fue como un obsequio de San Valentín en 1955. Cuarenta toneladas de libros “comunistas” fueron puestas a sus pies antes de ir al fuego. Incendiar esos libros, gran cantidad de ellos sin contenido político, fue el inicio de la operación para cambiar la mentalidad de los guatemaltecos.

Este reportaje nació del tropiezo de un historiador, buscando europeos se topó con estadounidenses. Así encontró una historia tan pocas veces contada que sonaba a leyenda urbana, una operación que bien pudo llamarse “El derrocamiento de Árbenz, parte II”. Los documentos desclasificados de la CIA la nombraron “PBHistory”, continuación del PBSuccess, creado para llevar a Carlos Castillo Armas al poder.

José Cal despertó esa mañana con la idea de encontrar alguna huella de los españoles exiliados de la guerra civil. Si estuvieron aquí en los años cincuenta, debieron dejar algún rastro, ojalá bibliográfico. El historiador paseaba sus ojos sobre las páginas de un libro que compila la historia de la Universidad de San Carlos cuando una combinación de palabras ensancharon sus pupilas: “…las Bibliotecas de los Doctores de Buen y Lozano y Román Durán, catedráticos universitarios, fueron saqueadas y quemadas… La quema de libros y diversas publicaciones del período revolucionario fue cuestión corriente en los primeros meses del régimen de Castillo Armas, y a ello se agregó la expurgación de bibliotecas, incluyendo a las de algunas Facultades de la Universidad”.

Línea tras línea, la quijada de Cal bajaba cada vez más de la sorpresa. Sin buscarlo, se topó con un testimonio de la inquisición contra el comunismo en Guatemala, un hecho incluso negado por los defensores de la contrarrevolución. Tirar de este hilo es encontrar el inicio de una nueva era en este país, donde el sistema educativo asume un bando definido en la guerra fría, donde todo lo del norte es bueno y lo que huela ligeramente a ruso o comunista es lo peor.



“Guatemala gana un amigo”

Otro testigo de estas llamas hoy vive en Nueva York. La mente de Francisco Nájera, escritor guatemalteco, proyecta luces y sombras cuando intenta recordar un hecho de hace 60 años. De niño su madre gustaba llevarlo al cine Lux para ver películas polacas o ballet ruso. El espectáculo de ese día de febrero fue ver las pilas de libros y probablemente los mismos filmes que había visto, tirados sobre la calle frente al Palacio Nacional.

Regadas por el pavimento como un hombre exhibido en público antes de su ejecución, las torres de libros decían tener material comunista decomisado en bibliotecas privadas enteras y escuelas públicas. De esta hoguera de libros, Estados Unidos hizo dos versiones. Una oficial, pomposa y tajante en sus aseveraciones contra el comunismo; otra, sin adornos y dudosa de los vínculos de Guatemala con la Unión Soviética, solo conocida por documentos desclasificados.

Dentro de la primera versión está el documental Guatemala gana un amigo. Grabada, producida y distribuida por la USIA, hoy Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) ubicada en el kilómetro 6.5 Santa Catarina Pinula. El filme en blanco y negro muestra tomas hechas el 14 de febrero de 1955, cuando Richard Nixon, entonces vicepresidente de aquel país, visitó el Palacio Nacional para inspeccionar las pruebas comunistas incautadas.

Eran las mismas pilas que el pequeño Nájera vio en la calle pero montadas a modo de exhibición de arte dentro del Palacio Nacional. Recibos firmados por el expresidente Jacobo Árbenz sin detallar uso de los fondos, o una solicitud de libros revolucionarios eran las mayores pruebas “de cómo querían contaminar las mentes de nuestros niños” apunta el narrador. “Es la primera vez que el comunismo es derrotado por el pueblo”, felicitaba Nixon a Castillo Armas en su discurso.

Los documentos desclasificados de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) muestran un lado menos victorioso. Distintas cartas enviadas por la USIA en Guatemala refieren las actividades del PBHistory, y, en específico, el actuar de un grupo llamado “Social Research Group”.



Este grupo, asegura el historiador Cal, estaba compuesto de antropólogos, etnólogos, historiadores y se mostraba como un conjunto de expertos enviados con fines investigativos. No obstante, la correspondencia muestra cómo su tarea más importante era el asesorar al Comité Nacional de Defensa Contra el Comunismo.

Una nota de El Imparcial refería la “purga de libros” realizada en una escuela de El Progreso en febrero de 1955. Entre el material “comunista” decomisado habían copias de Guatemala: Las líneas de tus manos, de Luis Cardoza y Aragón.

Los métodos para decidir qué sí era comunista fueron dudosos, tanto las anécdotas como la correspondencia de la USIA lo corroboran. Huberto Alvarado en su libro de ensayos Preocupaciones, narra la historia de un joven que al volver del congreso mundial de la juventud en Varsovia, Polonia, trajo en su equipaje bustos de Marx, Engel y Lenin. Las autoridades en el aeropuerto le cuestionaron respecto a las tres figuras. “Ah pues ellos son Mozart, Beethoven y Vivaldi” - “¿Y esos quiénes eran?”- volvieron a inquirirle- “Pues eran músicos muy famosos”. El inspector, claramente ignorante en tema de compositores clásicos y comunismo, dudó un poco. “Que pasen los músicos” resolvió finalmente.

Por el otro lado, libros de autores rusos fueron decomisados por el simple hecho de su lugar de origen y no de su contenido. En una carta de fecha 19 de agosto de 1954, el “Social Research Group” cuentan los métodos utilizados para tratar el material confiscado. “…en la primera selección se dio una libre interpretación al posible valor de los documentos… en poco tiempo grandes pilas de papeles sin valor fueron al incinerador, el resto fue resguardado en cajas”.

El “Social Research Group” terminó sus labores el 24 de septiembre. En la carta donde refiere el total de sus actividades, un párrafo resume sus hallazgos: “Todo lo explorado por el “Social Research Group” contiene poca información alarmante, aunque los papeles pueden ser motivo de estudio”. Tras meses de búsqueda, este grupo de trabajo enviado a comprobar las vinculaciones de Guatemala con países comunistas no encontró pruebas sustanciales.



Queda la duda entonces, si Nájera y Nixon vieron los mismos libros, y el “Social Reseach Group” concluyó que este no era material comunista alarmante ¿Qué había dentro de las pilas de libros carbonizadas frente al Palacio Nacional?

La gran pérdida
Bajo llave, como quien guarda un tesoro, Carmen Lucía Alvarado, cofundadora de la Editorial Catafixia, resguarda algunos de los pocos números de una colección literaria que sobrevivió a la hoguera de Castillo Armas.

La Revista de Guatemala, un ejemplo de la literatura incinerada, una de las revistas culturales más importantes a nivel latinoamericano de entonces, fue producida desde los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz. Era una compilación bimensual de la literatura producida en Guatemala y en el mundo. Solo su consejo editorial habla del valor que tenían estas publicaciones: Al frente, Luis Cardoza y Aragón, Augusto Monterroso, Huberto Alvarado, ilustraciones de Carlos Mérida, traducciones hechas por Octavio Paz a textos de T. S. Eliot, entre otros exponentes de la cima del mundo literario.

A modo de broma pero muy en serio, Alvarado resalta el valor de estos textos con una comparación: “Para el arte y la literatura, la Revista de Guatemala es nuestro IGSS”, en referencia a los logros de la revolución. La diferencia, la Revista fue quemada junto con miles de documentos confiscados sin criterio.



Los documentos desclasificados de la CIA muestran poca preocupación por no haber encontrado material que estableciera la afinidad entre Guatemala y Rusia, sus intenciones, se demuestra, iban más allá de la incineración de 
documentos.

Entre los pactos, entre el “Social Reseach Group” y el Comité Nacional de Defensa Contra el Comunismo establecían que los segundos debían tomar los documentos elaborados por el Grupo y difundirlos como propios. Así, y este mismo supuesto especifican en las cartas, si en caso el equivalente al Comité Nacional en Chile descubriera nexos entre comunistas guatemaltecos y chilenos, el “Social Research Group” elaboraría notas de prensa para que el Comité las enviaran al país del sur y así respaldar la información allá “encontrada”.

Los acuerdos también establecían difundir noticias, anuncios en la TGW y cortometrajes elaborados para ser proyectados en las salas de cine de todo el país. Guatemala gana un amigo entre ellos.

Para Alvarado, la quema de libros tenía un fin más profundo que la mera incineración, era una forma de enviar un mensaje a la población, “darle rostro a un enemigo ficticio que para ellos es real. Lo que necesitaban era agarrar miles de libros y quemarlos frente a todos para decirles que por eso estaba mal Guatemala. El mensaje fue efectivo”.

Después de asimilada la sorpresa de haberse topado con este hallazgo, el historiador Cal se ha propuesto abordar este fragmento de la historia desde lo cultural, y no desde lo político o económico como suele hacerse, para encontrar las repercusiones educativas en Guatemala, entender los efectos de la frase que Nixon repetía en su discurso “Cambio de mentalidad”.

Su próxima investigación va enfocada a escarbar las siguientes etapas del PBHistory en Guatemala. En San Salvador, por ejemplo, la USIA desarrolló la televisión educativa para promover el pensamiento anticomunista. En Costa Rica, la misma entidad creó el Instituto Centroamericano de Educación Política, encargada de desarrollar este mismo discurso en aquel país.

“Esta operación no fue solo la confiscación de literatura” concluye Cal “sino la puesta en marcha de un andamiaje para que empecemos a pensar como ellos… esto muestra por qué ese pensamiento arraigó de manera tan amplia en los sectores medios urbanos”. Aquel regalo de San Valentín parece seguir vigente 60 años después.